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Plaza Scala y roca del águila

Os aconsejamos visitar Plaza Scala al atardecer, quizás sorbiendo una buena copa de vino local, mientras el repique del reloj de la torre mide el tiempo que, en esa aldea medieval, parece que se haya parado. El paisaje es sugestivo con vista al litoral del Tirreno, desde Termini Imerese hacia las laderas del monte San Calogero, hasta el golfo de Palermo.

Mirando desde el Carapé el valle de las tierras de San Giorgio, sentiréis una sensación de paz y armonía, hasta ser de una sola pieza con la naturaleza circundante. Desde allí inicia el sendero que, atravesando el bosque, llega a las ruinas de la abadía normanda. Se dice que un águila indicaba de arriba el camino al pío peregrino.

Así, hasta hoy esa cumbre, que domina la iglesia del Crucifijo, es llamada por los pastores la Roca del Águila. Si tenéis suerte podréis encontrar a uno de los ancianos centenarios de la aldea, que tal vez os contará unas antiguas historias de esos monjes alquimistas que practicaban extraordinarios hechizos.

El tiempo en plaza Scala se podría parar también en frente de un abrevadero de piedra o de un cansado campesino, que regresa de los campos al atardecer, a lomos de una mula.

Entonces, podréis de verdad imaginar esas escenas del pasado, cuando era normal encontrar anuna bandada de velos negros que esperaban a sus maridos al atardecer en frente de la iglesia, entonando tradicionales cantos al Crucifijo.

Según la leyenda popular, esta pequeña iglesia fue edificada en el sitio donde un ángel, con apariencia de caballero, apareció a un campesino, entregando unas sagradas reliquias. De hecho, hasta hoy existe un altar relicario en la roca con un escudo de los Caballeros de Jerusalén.

Al interior de la iglesia, es necesario un rezo a los pies de la piadosa imagen de un Cristo milagroso, venerado por las mujeres con fervor. La Scala (escalera) es de veras un lugar para visitar, inicialmente llamada así porque se llegaba al castillo escalando unos altos escalones, antes que el progreso destrozase esas piedras milenarias para consentir el paso a los coches.

“…Suona la torre,
Tinn Tauu
è già l’imbrunire
scandisce quel tempo
puntuale adunata alla Scala
per le vispe e sincere comari
i loro lunghi scialli le avvolgono,
leggere farfalle
tra svelti salti su alti gradoni
tutte in cima all’antico castello
per osservare l’imperituro tramonto
che brilla sul mare.
Ecco un brioso storno di nere mantelle
Ilari pensieri su volti sbiaditi
irrorando il capo nella gelida fonte
di un abbeveratoio di pietra.
Poi, un colpo d’occhio,
un lungo corteo fa ritorno…
bestie da soma
lontane formiche,
Nitidamente la dolce visione;
sporte di vimini, fasci di fieno
ed un pugno di fiaccole in mano
a passo lento come granchi di fiume.
Ecco Peppino di Lucio il capraio
un inebriante mazzo di origano,
la sua strenna per la dolce Rosina
e un paniere di fichi maturi per donna Iacudda.
Ecco adunato un coro di madri, di figlie, di spose
che intonano il serafico canto del vespro
innanzi l’altare del Dio Crocefisso
Ognuna ha la sua storia, le sue rughe, la sua voce, il suo amore.
Un ultimo ricordo prima di volare via come le gru,
così rade sui cieli madoniti
Ma che a volte ritornano…”
(Sulla strada del ritorno, di Marco Fragale)